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Políticas climáticas de Uganda carecen de perspectiva género

Las mujeres representan 80 por ciento de la mano de obra agrícola en Uganda y, sin embargo, no se incluyen cuestiones de género en las políticas sobre cambio climático y agricultura.

El cambio climático debería ser una prioridad, subraya un proyecto que analiza las políticas de Uganda y, según el cual, este país no le ha prestado la suficiente atención al problema en el desarrollo nacional ni en la agricultura, y es necesario hacerlo antes de que sea muy tarde.

El proyecto Acción Política para la Adaptación al Cambio Climático (Pacca, en inglés) busca vincular las políticas y las instituciones nacionales con las locales para el desarrollo y la adopción de sistemas alimentarios resilientes a la variabilidad del clima. Según él, las políticas están dispersas y necesitan armonizarse.

Edidah Ampaire, coordinadora del proyecto, dijo a IPS que además de la falta de armonía entre las políticas, es necesario revisarlas para incorporar el cambio climático y la agricultura.

“Muchas de las políticas se desarrollaron cuando el cambio climático no era un problema, y suelen concentrarse solo en el ambiente, aunque implícitamente se refieren a una gestión sostenible del uso de los recursos naturales, que también son intervenciones que ayudan a los agricultores a ser resilientes, pero no hablan explícitamente del cambio climático”, explicó Ampaire.

El proyecto Pacca, encabezado por el Instituto Internacional para la Agricultura Tropical (IITA, en inglés), también funciona en Tanzania.

“La situación allí podría ser peor si se compara con lo que ocurre en Uganda, en especial en el ámbito local”, apuntó.

La evidencia muestra que en esos dos países, las políticas no solo están fragmentadas y mal implementadas, sino que la coordinación entre varios actores es insuficiente y sus papeles no son claros, observó Ampaire.

En Uganda se analizaron iniciativas como la Política Nacional de Cambio Climático, de 2013, la Política Nacional de Agricultura, del mismo año, el Plan Nacional de Desarrollo y la Política de Género, de 1997.

Una de las conclusiones más sorprendentes, detalló Ampaire, fue que ninguna de las políticas articulaba las cuestiones de género en las medidas de adaptación al recalentamiento del planeta.

“Lo que sabemos de las políticas es que no cubren lo suficiente las cuestiones de género. No prevén disposiciones particulares para grupos específicos. Y creo que eso genera problemas, en especial en los niveles más bajos”, opinó.

“Deben implementar estrategias que atiendan las desigualdades entre los diferentes sectores, como jóvenes y mujeres. En Uganda, las mujeres representan 80 por ciento de la mano de obra agrícola, pero no están incluidas en ningún lado ni controlan ningún recurso”, subrayó.

En Tanzania, Ampaire dijo que la Comunicación Nacional Inicial y el Plan de Acción de Adaptación Nacional presentado por el gobierno a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) no incluyó consideraciones de género.

Desde la perspectiva ugandesa, las recomendaciones se basaron en las conclusiones de un estudio que analizó los vacíos en las políticas y planes estratégicos nacionales e incluyen la inclusión de género en las iniciativas de adaptación y en la adopción de la Agricultura Climáticamente Inteligente, precisó Ampaire.

Otro estudio sobre género y cambio climático realizado por Pacca en Uganda concluyó que esos asuntos suelen ser temas transversales a los que no se les da prioridad ni una partida presupuestal clara.

“La incorporación del género a la mayoría de las políticas analizadas es un anexo más que un aspecto integral de las mismas”, señala el informe “Género y cambio climático en Uganda: Efecto de las Políticas y los Marcos Institucionales”.

“La forma en que se tratan las cuestiones de género en las políticas y en las estrategias agrícolas en Uganda es diversa y no homogeneizada. Se necesita una más fuerte coordinación y responsabilidad intersectorial pues los mandatos de género para las distintas intervenciones recaen sobre distintos ministerios y agencias”, señala un informe realizado por Edidah Ampaire, Wendy Okolo y Jennifer Twyman.

En los distritos de Masaka y Rakai, en el sur de Uganda, más de 90 por ciento de la población depende de la agricultura de subsistencia. La mayoría de los cultivos se encuentran en laderas entre cimas y marismas y tienen un tamaño promedio de entre 0.8 y 1,21 hectáreas.

La presión poblacional en esa zona desemboca en la invasión de pantanos fluviales, que alimentan el sistema del río Nilo, y de pendientes pronunciadas y cuencas. Las dos temporadas lluviosas allí son cada vez menos predecibles y más escasas.

Los agricultores deben hacer frente al problema de la falta de disponibilidad de agua y al agotamiento de los suelos, y necesitan mejorar el uso de las precipitaciones naturales y, sin embargo, las políticas nacionales no contemplan las necesidades específicas del área.

El Ministerio de Gobierno Local trabaja con Pacca para analizar las políticas en el marco de la respuesta descentralizada al cambio climático

Andrew Nadiope, especialista de esa secretaría, explicó a IPS: “Nos dimos cuenta de que cuando planeamos, lo tenemos que hacer teniendo en mente el cambio climático porque cuando documentamos algunas necesidades particulares de zonas específicas, las medidas de adaptación se pueden dirigir mejor”.

El distrito de Rakai, en el sudoeste de la Región Central de Uganda y donde viven unas 500.000 personas, sufre una severa escasez hídrica, y el agua subterránea suele contener una excesiva concentración de hierro.

La administración local, con apoyo del gobierno central, construyó unas 1.300 fuentes de abastecimiento, pero muchas de ellas no funcionan desde hace más de cinco años y se consideran abandonadas porque el agua es muy salobre.

El agricultor Jude Sewankambo, de Kagamba, en la localidad de Bugamba, dijo a IPS que la construcción de los pozos fue un típico caso de mala planificación; además, la población local no fue consultada.

“Terminamos gastando dinero en proyectos de agua subterránea y hubiéramos optado por iniciativas como la recolección de agua de lluvia”, ejemplificó.

Su esposa y sus hijos se ven obligados a recorrer más de dos kilómetros para buscar agua dulce al río, apuntó.

Sewankambo explicó a IPS que él y su esposa aprendieron a construir tanques para almacenar agua de lluvia, pero se necesita mucho dinero.

“Si quieres un tanque de 10 metros cúbicos de agua, te cuesta unos 800 dólares; y para boslas de lluvia de 1.000 a 1.500 litros, necesitará unos 200 dólares más. Mucha gente aquí no tiene ese dinero”, se lamentó.